sábado, junio 27, 2009

Vivir a los 21.

Publicado por V. en 3:41 p. m. 1 comentarios
Mi vida es tan intensa. Cada día se me multiplica por 10, no porque el tiempo se haga eterno, sino porque en cada minuto vivo tantas cosas, ¡muchas más de las que sea posible vivir en un minuto! Mi lema actual es CARPE DIEM, o al menos eso intento. Es que aunque trato de no pensar mucho en lo que hago para no perder el tiempo pensando, esta cabecita porfiada no puede dejar de reflexionar. Una vida intensa se hace mucho más intensa cuando uno piensa...¡no puedo parar!

El día y la noche se hacen uno solo, un continuo andar de devenires, un continuo flujo de pensamientos। Los hay de todos tipos: pensamientos que marcan el día, a veces acompañados de sentimientos; a veces ideas locas que no sé de dónde vinieron, memorias rescatadas del baúl de los recuerdos y con ellas, de la mano, vienen penas y alegrías. A veces, en la noche, no puedo dormir de tanto pensar. Pensar e imaginar, claro, que no son la misma cosa. Porque aunque uno puede pensar en muchas cosas, se pueden imaginar muchas más. A veces mi imaginación me induce al sueño, y en el sueño confluyen y se funden todas estas cosas: pensamientos, memorias, imaginación y sentimientos.

Es extraño como vivo mi vida। Muchas veces siento que vivo más cosas en mi mente que en la vida real. Y al pensar en cosas como estas una serie de asociaciones neurológicas dan origen a muchas ideas más, y al estar consciente de este proceso metacognitivo siento que pienso aún más. Y si agregamos que hablo en cuatro lenguas, y que pienso en todas ellas las variaciones por cada pensamiento se multiplican aún más.

Yo pensaba que vivir a los 21 sería mucho más fácil. Una vida simple, sin complicaciones por andar pensando en esto ó aquello. Una vida donde los eventos se iban presentando uno a la vez, donde todo sería diversión y cero rigidez. Ya lo vez, me doy cuenta que estoy rimando. Verso a verso, mis palabras se van hilando.

Yo nunca pensé que los 21 serían tan intensos. Yo nunca pensé en vivir a los 21. Yo nunca pensé...


jueves, junio 25, 2009

No me gusta ver lágrimas caer.

Publicado por V. en 7:15 p. m. 0 comentarios
Sí señores, ¡lo admito! Últimamente he estado pasando por una etapa semi-depresiva tipo "córtate las venas", de lo más cebolla que hay. Escucho canciones tristes y melancólicas, me siento identificada con ellas, pienso que nadie podría haber traducido mejor mis sentimientos. Observo el nublado cielo que amenazantemente viene cargado de nubes negras y pienso "hasta el clima empatiza conmigo". Luego me río de mí misma por ser tan ridícula, por ser tan dramática, por darle importancia a cosas que simplemente no la tienen. Y es que por alguna extraña razón me siento sola y por eso vago por las calles como un zombie en busca de alguien que pueda leer mis escondidos sentimientos y consolarme.

Me gustaría poder ser yo misma ese alguien. Y es que muchas veces caminando por el campus veo a otras mujeres de cara larga, con la mirada perdida, con los ojos vidriosos, con ese pesar en el pecho que se transmite hasta los pies, traduciéndose en un pesado caminar lleno de angustia. Más de alguna vez he visto alguna muchacha llorando con los ojos hinchados y enrrojecidos en esos banquitos que están camino hacia el Hall Universitario, probablemente el lugar donde he visto más mujeres llorando. Mujeres, ¿por qué estamos tan tristes?

¿Ha sido un hombre malo el que os ha hecho sufrir? Podría ser mi caso, pero no, eso sería culpar al empedrado. ¿Es que acaso hay problemas familiares? ¿Es que acaso han perdido un ser querido? ¿Es acaso la frustración ante la impotencia del día a día? ¿Será que acaso nosotras mismas nos estamos victimizando?

¿Por qué sufrimos? En mi clase de teología aprendí que esto se debía al apego a las cosas materiales, temporales, perecibles. Porque claro, cuando nos apegamos a algo ó alguien y luego lo perdemos, entonces sufrimos. La vida es transitoria, y así también los seres y las cosas que vamos encontrando en ella. Si nos apegamos, sufrimos. Porque la vida es como el agua, que fluye y corre libre por nuestros dedos. ¿Acaso debemos llorar cuando no podemos retener el río entre nuestros dedos? No; debemos ser fuertes, debemos comprender que el río fluye con fuerza por un motivo.

Y es esa la fuente principal de mi sufrimiento: intolerancia al cambio, falta de adaptación. Es que no puedo evitar sentir nostalgia por el pasado, por los momentos bellos que alguna vez viví, por las personas hermosas con las que alguna vez compartí. Les extraño constantemente, y por eso sufro, por eso lloro.

Y es por lo mismo que cuando veo a una chica llorando desconsoladamente en alguno de los banquitos de camino al Hall inmediatamente siento el impulso a acercármele, tomar su mano, preguntarle qué es lo que pasa, decirle que no se preocupe, que la vida es flujo y nosotras debemos aprender a fluir con ella. Que si nos convirtiésemos en agua correríamos felices por la vida, como un río que va alegrando con su sonido al resto de la creación. No debemos llorar un río, debemos ser el río. Es la única forma de ser feliz.

miércoles, junio 24, 2009

El regreso de la máquina ancestral.

Publicado por V. en 12:41 p. m. 0 comentarios
Habían pasado más de diez años desde que se escucharon por última vez los tiqui-tacas de la máquina de escribir de Don Alfredo. Era una Royal 250 de escritorio, en la cual el viejo se sentaba a transcribir recetas de cocina que su desordenada esposa muchas veces dejaba abandonadas al azar en alguna parte de la casa, escritas en pequeños trozos de papel--una servilleta, el reverso de un recibo, una hoja de cuaderno partida a la mitad. Si no, se trataría de algún otro asunto serio: una carta a El Mercurio ó al alcalde, el índice de alguna colección de revistas, el informe sobre los gastos de la casa del mes anterior, en fin, algún documento que mecereciera ser tipeado y archivado en los registros de la casa que él cuidadosamente guardaba en su despacho. De esta manera, el uso de la máquina estaba reservado sólo para lo que pudiera denominarse "trabajo", pero jamás para actividades que significaran algún tipo de recreación, como la escritura de un diario ó la creación de una historia ficticia.

En la distancia, sus nietas miraban atentas el ir y venir de sus dedos sobre el intrincado mar de teclas que impulsaban el baile de esas piernas coquetas que imprimían letras negras a destajo sobre el inmaculado blanco del papel. El sonido del acordeón de tecletazos era una sublime melodía que traicionera iba sometiendo a las traviesas niñas en una especie de trance que muchas veces las condenaba al sueño. Afuera, el sonido del tecleteo de perdía entre los gritos de los juegos de los niños, y el pasar del viento que viajaba raudo de mar a cordillera.


Fue la muerte quien finalmente extinguió para siempre el mantra de la máquina. Cuando el abuelo falleció la máquina pasó al olvido entre la oscuridad y el polvo de un armario, y el paso de los años se encargaría de borrarla del mapa con la llegada de nuevas tecnologías que por lejos superaban lo que alguna vez fue la maravilla de la oficina.


Mas el caprichoso destino habría de incitar la curiosidad de unos niños que, dos generaciones más jóvenes que su último ocupante, resucitaron la máquina desde las profundidades del olvido. Fue un suceso histórico en la vida familiar: "¡reapareció la máquina del abuelo!", la noticia corrió por todos los rincones de la tierra. Hasta los tíos de provincia viajaron a verla, pero con tristeza confirmaron el mal estado en que el tiempo la había dejado. Y desilusionados la abandonaron una vez más a su suerte. "No tiene remedio" "¡Qué pena! ¡Qué desperdicio de reliquia!". Y la cajita mágica de las letras de carbón fue paulatinamente cubriéndose de polvo, tiñéndose de gris, muriendo en la memoria de quienes alguna vez la habían visto en plena ebullición industrial. Pasaron unos cuantos años más antes de que alguien pudiese delucidar el verdadero potencial de esta máquina ancestral. Aún con la tinta de su cinta seca y marchita, las marcas que una a una se iban impregnando sobre el papel iban desatando los dedos de su nueva ocupante con fruición.


Desde entonces no suelto la máquina. Aunque el ruido de mi tecletear despierte de su siesta a los vecinos, aunque cada error de tipeo inicie un delicado proceso de restauración del papel, aunque sea más lento y quite tiempo. La máquina de mi abuelo tiene un halo de magia que en mí desata una ingeniosa creatividad. Me siento como todas mis escritoras heroínas que alguna vez en la historia desataron la lucha contra la dominación masculina sobre las letras y el papel. Me hace sentir el flujo del ciclo de la vida al pensar que alguna vez, tal como yo ahora, mi abuelo estuvo tecleteando con el mismo incalzable afán de crear el documento perfecto. Y es que así lo recuerdo: diccionario en mano, escribiendo apasionadamente, inclinado sobre su máquina, la vista fija, la mente absorta, tratando de inmortalizar su existencia en un pedazo de papel. Y yo aquí sigo su ejemplo, lástima que la máquina no puede conectarse a Internet!


martes, junio 16, 2009

Encuentros Inspiracionales

Publicado por V. en 1:50 p. m. 0 comentarios
Volví a su casa, no fue por casualidad. El propósito de tal encuentro ni yo misma podría haberlo definido. Verlo, sólo quería verlo. Pero verlo no fue suficiente, era el silencio lo que realmente me incomodaba. Me acerqué, le hablé...lo escuché. Me sorprendió que mi mirada ya no era de odio ni dolor, mi mirada era de curiosidad. Descubrí que realmente nunca lo había conocido, descubrí que él era para mí (y que tal vez siempre lo había sido) un extraño. Le hablé como si me lo hubiese encontrado por la primera vez. Los dos somos tan diferentes, los dos hemos cambiado tanto. Él ya no fue el malo, ni yo la víctima. Me sentí liberada. En el fondo fui yo, desde un principio, quien se encarceló. Hablamos, reímos, suspiramos. Me marché, sonriente.

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Lo conocí de 22, me lo encontré de 24. Esa vez me conoció como niña, hoy me reconoció como mujer. Fue como volver al pasado, pero distinto. Ya no estaban las mismas personas, pero sí sus memorias. La conversación que sostuve con él fue quizás una de las más inspiracionales de mi vida. Fue como hablar con Barack Obama, Al Gore, Deepak Chopra ó Brian Weiss. Me di cuenta que mi potencial se estaba desperdiciando, que mis habilidades estaban mal enfocadas. ¿Cómo es que he caído tan bajo? Pero él no me juzgó, sino que me incitó a no rendirme, a luchar más fuerte, a salir adelante. Fue como un padre bueno, y yo su hija pródiga. Es fascinante reconocer cómo Dios nos envía mensajes por medio de las palabras de uno de nuestros pares. Fue justo lo que necesitaba, un empujoncito que me motivara a mirar adelante y no hacia atrás. Estoy agradecida, me siento muy afortunada. En un mundo donde todo incita al fracaso, yo recibo una nueva oportunidad. Fui, vi y vencí. He sido bendecida, he resucitado.

domingo, junio 14, 2009

La nueva Valentina

Publicado por V. en 6:20 p. m. 0 comentarios
La nueva Valentina me gusta menos que la antigua.
La nueva Valentina no es feliz.
La nueva Valentina siente nostalgia por el pasado.
La nueva Valentina quiere cambiar.
La nueva Valentina necesita desactualizaciones.
La nueva Valentina no quiere llorar más.
La nueva Valentina está cansada de ser nueva.
La nueva Valentina quiere mejorar.
La nueva Valentina quiere ser y dejar ser.
La nueva Valentina quiere dejar de pensar.
La nueva Valentina necesita disciplina.
La nueva Valentina no quiere sufrir más ni causar más sufrimiento.
La nueva Valentina es quizás menos sabia que la antigua.
La nueva Valentina no se explica por qué.
La nueva Valentina valentinea valentineantemente.
La nueva Valentina probablemente va a desaparecer.



 

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