lunes, octubre 27, 2014

Conversión

Publicado por V. en 6:04 p. m. 0 comentarios
Hoy quiero confesarme. Tengo algo muy importante (y quizás también cursi) que declarar: he vuelto a creer en el Amor. Definitivamente no fue un proceso fácil, por eso he decidido compartir el testimonio de mi conversión.

Hace poco menos de un año celebraba el casamiento de uno de mis amigos: el primero en casarse. Paradójicamente, en mi mesa conversábamos con una de mis mejores amigas sobre nuestro completo desinterés por el matrimonio. Tras una agitada conversación, la conclusión era clara: en este mundo no existen hombres que tuvieran la paciencia para aguantarnos nuestras "mañas". Nosotras queremos viajar cuando se nos plazca, vivir en diferentes países, escribir, enfocarnos en nuestra carrera. Y por eso, nuestra elección de vida es completamente incompatible con el matrimonio, que tarde o temprano termina amarrándote y apartándote de tus sueños...¿verdad? Hoy no podría volver a afirmar lo mismo, pues conocí a alguien que yuxtapuso todos estas convicciones.

Debo admitir que siempre fui bastante escéptica respecto a la existencia del amor romántico. Tal vez esto pudo deberse a la temprana percepción de que el amor era algo peligroso y doloroso. 

Tenía 4 años cuando mis padres se separaron. Lo recuerdo lúcidamente: era de noche, y mi padre armaba su maleta. Entusiasmada, corrí a buscar un par de calcetines y pregunté: "¿vas a ver a la abuelita Fidela?". Él me miró enternecido y con los ojos vidriosos: "no, corazón, voy donde la abuelita Juana." Algo perpleja, agregué: "¡Ahhh...! ¿Puedo ir contigo?", al mismo tiempo que colocaba mis calcetines dentro de su maleta. Mi padre tomó mis calcetines y los puso sobre la cómoda. Con un nudo en la garganta me contestó: "no hijita, este viaje lo tengo que hacer solo."

Al día siguiente mi papá ya no estaba, y fue entonces que aprendí una nueva palabra: "separación". Con el tiempo esta palabra se convirtió en un estigma, pues no era una palabra aceptable en la conservadora sociedad católica en la que me tocó crecer. La separación significó que cada año yo tenía que celebrar dos cumpleaños, dos Navidades y dos Pascuas. Este fue quizás el lado bueno, pues tengo el doble de recuerdos felices de infancia que una persona promedio. Pero también significó que la palabra "Papá" pasó a ser tabú en mi casa, pues el sólo pronunciarla frente a mi madre le provocaba mucha rabia y dolor.

Me enseñaron que los hombres eran egoístas e irresponsables. Me enseñaron que sólo las tontas se enamoran, y que si quería llegar a ser alguien en la vida, mejor me concentrara en mis estudios. No en andar pololeando. No en andar buscando algún niño bonito que me quisiera. Ni hablar de andar moviéndole el poto a un tipo para que después me hiciera la guagüita. No. Eso no era para mí. Yo tenía que aprender a ser fuerte e independiente.
Y por eso yo siempre me esforcé en ser la estudiosa, la trabajadora, la responsable. Quería ser la estrella y el orgullo de mi familia.

Quizás fue esta convicción inherente la que me mantuvo soltera y desemparejada durante casi todos los años de mi vida. Si bien conocí algunos muchachos simpáticos y buena onda por el camino, al poco tiempo les iba encontrando defectos imperdonables y terminaba dejándolos ir.

Hasta que un día lo conocí a él. De sólo darle una ojeada había decidido que sólo seríamos amigos. Me pareció un tipo sumamente dulce y simpático, pero nada más. Esa noche llovía, y mucho. Me ofreció acompañarme hasta la puerta de mi casa, como un caballero, para asegurarse que llegase sana y salva. Esa misma noche él me dio un beso de buenas noches, y desde entonces no nos separamos nunca más.

Estoy enamorada de un hombre que admite haberse enamorado perdidamente de mi sonrisa. Dice que me veo mucho más linda cuando estoy feliz. Dice que nunca antes conoció a una mujer que fuera bella e inteligente a la vez. Dice que soy la mujer de sus sueños, y yo le creo. Quiere recorrer el mundo conmigo y quiere que juntos cumplamos nuestros sueños. No sólo me aguanta mis "mañas", sino que le encanta complacerme en mis caprichos. Me aplaude mis virtudes y me motiva a superarme en mis defectos. No siempre estamos de acuerdo en todo, pero él sabe llevar un buen argumento. Él es muy cariñoso y respetuoso conmigo, y me hace reír muchísimo. Pero por sobre todas las cosas, él me entrega su corazón por completo y me hace sentir sumamente amada. Y viendo que poco a poco él ha deshecho todos mis prejuicios...¿cómo no lo voy a amar?
 

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